Eduardo Fernández tiene 71 años y vive solo en la casa heredada de sus padres en Encarnación, Paraguay. Hace aproximadamente cinco años, convirtió parte de esa vivienda en una pequeña gomería donde atiende a conductores que sufren pinchaduras, muchas veces de paso hacia las playas de la zona.
Pero su historia va más allá del arreglo de cubiertas: con un pasado como herrero, Eduardo combina oficios, fabrica objetos como lanzas de espuma para lavar autos y braseros de llanta, y se las arregla con ingenio para mantenerse activo. En diálogo con Frontera Activa, relató su vida, su relación con el barrio y el modo en que encara la vejez con trabajo y creatividad.
Una gomería en la casa familiar
La gomería de Fernández nació como una salida laboral cuando la edad le impidió seguir consiguiendo trabajo. “Porque la persona de edad trabajo ya no consigue. Entonces pensé y puse una pequeña gomería”, explicó.
El emprendimiento funciona en la casa donde creció, hoy vacía tras la muerte de sus padres. “Esta es la casa de mi papá y mi mamá. Ya murieron todos ya, entonces como hijo me quedé acá”, relató. “Yo nací en Encarnación”.
La decisión de dedicarse a las cubiertas también respondió a una necesidad concreta, que observó en el constante paso de vehículos con pinchaduras. “Fue por necesidad. A veces veo que pasan por acá y dos o tres (vehículos) pinchados y (me dije) ‘voy a poner una gomería acá’”, explicó.
La atención al público se extiende incluso los domingos, porque muchos clientes viajan hacia las playas. “A veces para ir a la playa viene la gente y pincha su moto, su auto. Prácticamente es un favor. Hasta los domingos estoy acá, y vivo solo”, señaló.
Del hierro al caucho

Pero no siempre se dedicó a las cubiertas: su oficio anterior fue la herrería, que practicó durante años. “Hacía rejas y eso”, recordó. Con el correr del tiempo, la vista y la edad lo llevaron a cambiar de rubro. “Ahora ya me dedico a la gomería”.
Sin embargo, conserva sus herramientas y las sigue utilizando para reparaciones. “Tengo todo mi máquina de soldar. Tengo todo, soldadura, todo. Tengo todo ahí todavía”, aseguró. En ese sentido, contó que incluso suele soldar piezas de motos cuando se rompen.
Inventos que nacen de la necesidad y la creatividad
Esa capacidad para resolver problemas se extiende a otros rubros, porque Eduardo también fabrica artículos con materiales reciclados. A un lado de la silla donde siempre se sienta a esperar clientes o tener una vista relajante del barrio, tiene un lanzaespuma de fabricación propia. “Me regalaron un termotanque y yo hago un lanza espuma. Tres, cuatro por ahí ya hice y vendí”, contó.
Estos productos encuentran salida gracias al boca a boca. “Los muchachos vienen por mi colega así, ve y me preguntan ‘¿Y este qué?’. ‘Y lanza espuma para lavar autos’. ‘Vendé, vendé’. Y le vendo y hago”, relató entre risas. Además de los lanzaespuma, Eduardo aprovecha las llantas viejas para crear braseros y también fabrica parrillas a pedido.
La solidaridad de los clientes y la vejez
Más allá de los oficios que combina, Eduardo destaca el apoyo que recibe de sus clientes. “Algunos me ayudan. Me dicen ‘¡Uy, viejito ya está! Le vamos a ayudar ahí’, y me ayudan en la gomería y yo me hallo”, relató.
Además, explicó que esa ayuda se traduce en una división de tareas. “Ellos sacan la rueda y yo le parcho nomás”, indicó. En cuanto a la vida social de los adultos mayores, Eduardo señaló que en su comunidad no existen espacios como los clubes de abuelos que hay en Argentina. “Acá no tenemos de eso. No tenemos todavía, pero puede ser más adelante”, reflexionó.


