Mariza Cardozo tiene 55 años y hace dos que se para en la misma vereda de Encarnación para vender lo que puede. Mientras, sobrevive con el recuerdo de sus abuelos y el amor que le da a sus nietos.
La vereda que la salvó: Mariza se define como mesitera. Hace dos años que ocupa un pedazo de vereda en Encarnación. No tiene un puesto formal, no tiene un sueldo fijo, no tiene vacaciones. Tiene una manta, algo para vender y la certeza de que si no sale a la calle, no come.
- ”Porque no hay trabajo seguro, como para mí, por ejemplo, para mi edad ya no hay trabajo”, dijo.
- ”Yo tengo más de cincuenta años y este es mi trabajo de día a día”.
Su historia no es un caso aislado. Es el rostro de una generación que quedó atrapada entre la juventud que se fue y la vejez que todavía no llega con jubilación.
El amor que se hereda: Mariza no habla de plata cuando le preguntás por lo que la sostiene. Habla de los abuelos. De los domingos en lo de su mamá. De los tíos que ya no están. La familia es su refugio y su motor.
- ”Eso extraño mucho, estar en la casa con los abuelos. Ya cambia todo cuando uno va teniendo una edad”.
- ”El cariño del abuelo y la abuela es muy grande. Y lo recuerdo mucho”.
- ”Tuve el amor de los abuelos, compartí mucho con mis abuelos y llevo un buen recuerdo”.
Ese amor es el que ahora replica con sus dos nietos. Les da todo lo que puede. Como si en cada abrazo intentara devolver lo que recibió.
Lo que nadie mira: Mientras algunos hablan de reactivación económica, Mariza sigue en la vereda. Su realidad es la de miles de mujeres mayores de 50 en la triple frontera que quedaron fuera del sistema.
- Sin trabajo formal, sin obra social, sin aportes jubilatorios.
- Con la responsabilidad de criar nietos en un contexto cada vez más duro.
- Con la memoria de una infancia más cálida, pero un presente que no da tregua.
El domingo que la sostiene: Todos los domingos, Mariza se junta con su mamá y sus hermanas. Es el único día que no sale a vender. Es el día que recarga el alma.
- ”Soy muy familiera. Comparto mucho con la familia, con mi mamá”, reconoció.
- ”Los días con los abuelos son distintos. Se les extraña mucho”.
En esa mesa, entre risas y recuerdos, Mariza encuentra la fuerza para volver el lunes a la vereda. Porque sabe que sus nietos la esperan. Y porque el cariño es lo único que no se compra ni se vende.


