Carlos, vendedor ambulante en el circuito comercial de Encarnación, contó cómo la comida casera se volvió su principal ingreso después de la pandemia. Con precios que van de los 1.500 a los 3.000 pesos, aseguró que la actividad está paralizada por la falta de clientes argentinos.
En la zona del circuito comercial de Encarnación, la venta ambulante se convierte en un termómetro de la economía cotidiana. Uno de sus protagonistas es Carlos, un vendedor callejero que cada día monta su puesto con torta frita, mbejú, sándwiches y ensalada de frutas, ofreciendo precios accesibles en pesos argentinos. En una conversación con Frontera Activa, Carlos relató el impacto de la pandemia en su negocio de relojes y lentes, la caída en la cantidad de clientes que cruzan desde la Argentina y la dinámica de un trabajo que depende del día a día.
El menú del puesto
El puesto de Carlos se convierte en un punto de referencia dentro del circuito comercial de Encarnación, donde ofrece una gran variedad de comida típica y sándwiches para los transeúntes. “Acá tenemos, por ejemplo, torta frita, el mbejú, sándwich de verduras, jamón y queso, milanesa. Le invito a todos los argentinos, que cuando pasen me van a encontrar por acá. Justamente estoy en la zona de el circuito, justamente donde está el Serpyl, una casa muy conocida acá”, dijo Carlos.
En cuanto a los valores, el vendedor fijó sus precios en pesos argentinos y destacó que hay opciones para todos los bolsillos. “La torta frita que le gusta mucho a los argentinos, está a $1.500, y por $2.000 le doy tres. Y después tenés el sándwich de verdura, que cuesta $3.000, y el de jamón $2.000. El mbejú sale $2.000 o dos por $3.000, así es lo que yo le doy. Y después tenés la ensalada de fruta”, explicó.
Además, señaló que la oferta es tan completa que permite resolver una comida al paso. “Tengo todo, tengo todo”, aseguró.
Una rutina que depende del día
El carácter de la venta ambulante que practica Carlos lo obliga a estar en movimiento constante y a depender de la demanda diaria. “Salimos todos los días, somos gente del día. Dependemos del día. Yo vengo todos los días”, manifestó. El trabajo comienza en la madrugada y se extiende hasta bien entrada la noche, un ritmo que se volvió habitual para él. “Estamos desde temprano”, indicó. “Desde las 3:40 estamos de pie”.
Su presencia en la zona no es estática: aunque siempre se lo puede encontrar en el circuito, Carlos también se desplaza hacia la zona de la aduana para ampliar sus posibilidades de venta. “Yo soy ambulante, todos los días por acá me van a encontrar, voy y vengo hasta la aduana por ahí”, afirmó.
La pandemia como punto de inflexión
En esa misma línea, Carlos reconoció que la pandemia fue un antes y un después en su vida laboral, ya que su negocio original, dedicado a la venta de relojes y lentes, se quedó sin mercadería. “Después de la pandemia yo salí a a rebuscarme así. Yo tengo mi pequeño negocio pero casi terminó mi mi mercadería. Yo vendo relojes, lentes de todo tipo. Y mi señora es cocinera, y al final de cuentas ella me hizo todo esto y salgo. Así pasamos y nos ganamos la vida”, relató.
Esa historia de supervivencia se ve hoy amenazada por otro problema: la escasez de clientes, una situación que Carlos observa con preocupación. “Y la verdad que hay poca gente, muy poca gente. No sé si es por el cambio o cómo es el tema, pero hay muy poca gente”, subrayó. Sobre el origen de los compradores, el vendedor indicó que en estos momentos la actividad se sostiene casi exclusivamente con los paraguayos. “En estos momentos casi estamos entre nosotros, como por los paraguayos, y viene muy poca gente. Anteriormente venía más gente”, puntualizó.
