Santiago Román intentó quitarse la vida dos veces. Hoy vende frutas en el circuito comercial de Encarnación y dice que Dios le salvó la vida. A los 22 años, este porteño encontró en Paraguay un sustento y una razón para seguir.
El infierno que dejó atrás: Santiago no es un vendedor más. Detrás de su puesto de frutas hay una historia de dolor, discriminación y enfermedad mental que casi lo mata. Nacido en Buenos Aires, sufrió bullying en el colegio por ser tímido y tener el pelo largo. Su familia, según dijo, no fue un refugio suficiente.
- A los 15 años intentó quitarse la vida por primera vez.
- A los 17, su salud mental se agravó y empezó a ver psiquiatras y psicólogos.
- A los 20, llegó el último intento de quitarse la vida.
- Tomaba una “ensalada de pastillas” para sobrellevar la psicosis y la depresión.
El retiro que lo cambió: En julio del año pasado, Santiago viajó a Encarnación para participar de un retiro espiritual. No pensaba quedarse. Pero algo lo atrapó. “Yo vine más por un tema espiritual, para buscar a Dios”, dijo. Y se quedó.
- Llegó en camión, gratis, desde Buenos Aires.
- Reflexionó y dijo que el retiro lo ayudó a enfrentar traumas del pasado, como abuso, bullying, ira, y pereza.
- “Dios me sacó de la depresión”, afirmó en diálogo con Frontera Activa.
La economía que lo salvó: Santiago encontró fe en Paraguay pero también encontró estabilidad. Mientras en Argentina la inflación le impedía vivir bien, dijo que en Encarnación nunca le faltó un plato de comida. “Acá la economía es bastante más estable”, afirmó.
- Vende frutas desde hace un año en el circuito comercial.
- “Jamás estuve batallando con el tema de la economía”, confiesa.
- Reconoce que en Argentina la situación era inestable y le afectaba.
- Su padre tiene un mercadito en Buenos Aires y él sueña con expandirlo.
El propósito que lo mantiene vivo: Santiago no quiere quedarse vendiendo frutas para siempre. Tiene un plan. Un plan que mezcla negocios y fe. Quiere abrir sucursales, multiplicar el negocio de su padre y, algún día, ser pastor.
- “Dios me está llevando a romper esa timidez”, dijo. “No hay que menospreciar los pequeños comienzos”.
- Su anhelo: tener un local más grande y expandirse.
Lo que viene: Santiago tiene 22 años y una vida por delante. Pero no olvida de dónde viene. Cada vez que puede, cuenta su historia para ayudar a otros que están en el pozo. “Yo era ateo”, dijo. “Pero Dios llegó a mi vida y me tiré de cabeza”.


